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Por: Elvia Gómez Hernández La sensación de la arena en mis pies, la brisa de las olas tocando mi rostro y el azul intenso del mar, es un encuentro divino, el mar es un maestro. Así de imponente y tranquilo, pero cuando es el momento de cambiar las cosas puede ser que sólo un día le baste para transformar la realidad. Yo creo que es un maestro, se lleva lo que no sirve y deja sólo lo que te dejará una lección, borra de la arena las huellas que dejas en el camino, sólo para recordarte que no hay nada escrito, que todo puede volver a iniciar. Las grandes reflexiones del mundo se han dado frente a las olas, en medio de un atardecer o incluso en medio de una tormenta. El mar sólo te recuerda la importancia de parar en el camino y reflexionar, y después de ese momento tomar las decisiones que hemos postergado en nuestra vida. La naturaleza tiene sus propias reglas y leyes, y no hay poder humano que pueda contra ello, es así que el mar nos recuerda lo frágiles que somos y la importancia de vivir cada día con intensidad, con pasión, con entrega, pues mañana todo puede cambiar. Sin embargo, va más allá su lección, el mar nos hace valorar lo que somos, no hay máscaras, nada podemos ocultar mientras nos cubre con sus aguas. Para mantenernos en pie mientras llega una ola fuerte, pone a prueba no sólo la fuerza, sino nuestra astucia para saber que viene otra ola. Nos recuerda la importancia de disfrutar con nuestros cinco sentidos, guardar silencio para escuchar el vaivén de sus olas; abrir los ojos y cerrarlos por un instante para quedarnos con la fotografía en nuestra mente que nos acompañará hasta nuestro regreso; tocar con nuestras manos y pies la arena para quedarnos con esa sensación de tranquilidad para cuando necesitemos guardar la calma. Observar y sentir con los sentidos no es suficiente, la intuición es lo importante mientras te encuentras dentro del mar, para saber que estás frente a aguas tranquilas o que es una mala tarde para navegar. Los buenos pescadores todos los días ponen en práctica las lecciones que del mar han aprendido, le guardan un respeto especial, y tienen un diálogo con él todos los días, agradecen sus beneficios y cuando es necesario le piden favores, respetando las leyes de la naturaleza y su propia vida. Han aprendido de su maestro, lo que significa la paciencia, no todos los días es día de pesca, ellos saben cuando hay que aguardar antes de comenzar la búsqueda. Han interpretado los silencios del agua y el sonido del viento, los atardeceres y sus colores y la furia de las tormentas. Me gustaría ser como ese pescador que aprende de su maestro, el mar, sin soberbia, sin orgullo, sin prisa y con fe. Como siempre te agradezco me acompañes en esta aventura de crecer. Hasta la próxima.
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